Pedro Sánchez ha llegado a la cima, por fin. Hemos sabido la sentencia de su ex-ministro Ábalos, por quien puso, cómo no, la mano en el fuego en su día. Han sido 24 años de cárcel sólo por el primero de los casos, el de las mascarillas.
La opinión pública estaba esperando ver sudar al presidente en la tribuna del Congreso, balbucear excusas o incluso dejar entrever alguna autocrítica, aunque fuera también falsa. Pero él es fiel a su método de «con todo hasta el final». Por más obvia que sea su culpabilidad, que pronto se verá, Sánchez afirmará que el sol es verde y que él no tiene nada que ver, porque esa es su hoja de ruta: mantener la mentira hasta el infinito incluso cuando ya no se sostiene. Precisamente lo que le da cierta fortaleza a su necia estrategia es la capacidad de estrellarse contra la realidad sonriendo y sin despeinarse. Su morro es tan gigantesco que hipnotiza.
Un actor sabe que si se le olvida el texto, lo último que puede permitirse es que se note. Tendrá que improvisar y, si es hábil, el público no lo notará. Sánchez, a su manera, es un magnífico actor.
Su habilidad para mentir raya en la excelencia, si no la alcanza de forma indiscutible. Pero no es sólo eso. La ausencia de escrúpulos es una condición sine quanon para aguantar el tipo fuera de cámara. Él ha dado muestras de no tenerlos: ha abandonado a los enfermos de ELA, ha incumplido la Constitución y encerrado a España entera en su casa, ha acusado al adversario político en un desastre natural con más de 200 muertos mientras el gobierno se escudaba en no sé qué para no hacer nada, ha pactado con lo peor del Congreso, se ha servido de unos y otros para mantenerse en el poder, ha dejado al país sin presupuestos, y, como pronto veremos, ha permitido presuntamente el saqueo de millones y millones de euros públicos dentro de su partido, aparte de sus maniobras contra la Justicia, etc., etc., etc.
La ristra de felonías es interminable. Esa acumulación hace que la indignación no pueda mantenerse en el tiempo. Nadie puede estar indignado eternamente sobre todo en un contexto social como el actual (pantallas, ruido, entretenimiento, idiotización) y en un país que está empobrecido pero no pasa hambre. Se le entretiene con polémicas insustanciales que se añaden a las sustanciales cada semana, en una lluvia de manipulación y bombardeo mediático que asombraría al propio Goebbels.
No hay población que pueda digerir todo eso. Y aún con todo, media España está furiosa deseando perder de vista al Sr. Sánchez. Por desgracia, dentro del reducido grupo que vota, aún hay muchos corruptos que viven del sanchismo, o están abducidos mentalmente por su propaganda, y que le siguen votando.
No sería una exageranción afirmar que España no resistiría otro gobierno de Sánchez sin quedar herida de muerte.
La cuestión es: ¿pueden el PP y/o Vox salvar a España? ¿El currículum de los últimos gobiernos del PP permite albergar esperanzas de que reformen lo que hay que reformar para que no se pueda repetir el desastre actual?
Mucho nos tememos que no.
Es urgente y necesario crear un nuevo partido de personas honestas que se comprometan para salvar la situación. En estos momentos es imposible que gente honesta llegue a la dirección de unos partidos dirigidos por personas sin principios. La regeneración ha de ser completa y radical, y habría que tomarse muy en serio de dónde sacamos a nuestros próximos políticos.