Los "derechos LGTBI" se han convertido en uno de los lemas políticos de la izquierda y del pensamiento único progresista (lo que incluye a prácticamente todos los partidos con muy contadas excepciones). Es algo que no se puede poner en cuestión sin ser objeto de denuncias, censura y el rechazo general de gran parte de las sociedades occidentales. Es decir, se ha convertido en tabú y en una "verdad" cuasirreligiosa, intocable e incuestionable.
Aún así, vamos a analizarlo y cuestionarlo, con todo el respeto que exige el asunto.
Como otros muchos asuntos políticos actuales, nadie ha determinado con precisión en qué consisten los «derechos lgtb». Es una frase hecha que suena bien, está aceptada por el público y desata pasiones en el colectivo, pues pareciera que les va la vida en ello.
De forma oficiosa podemos resumir estos «derechos» en:
Como vemos, los «derechos» son amplios y ambiciosos. Es difícil encontrar la «opresión» o colocarse como víctima cuando el poder político y económico promueve, defiende y ejecuta este ideario de forma alineada. Es, sin lugar a duda, el ideario del régimen, como lo fue en los años 60 el Movimiento.
En algo muy sencillo: igualar el estilo de vida homosexual al resto de la sociedad, considerando que en todo es igualmente conveniente para la sociedad, equiparable y, no sólo eso, sino con derecho a compensación, o sea, a privilegios que corrijan una «injusticia» de siglos.
¿Somos todos iguales? Ante la ley, sí. En muchos otros aspectos, no. De hecho, la diversidad que abandera esta ideología es justo lo contrario de la igualdad. Lo diverso es distinto, y por lo tanto no igual. ¿Es justo igualar lo distinto? Depende de muchos factores. ¿Debe tener derecho a dar sentencias quien no tiene la carrera de judicatura? ¿Puede un ciudadano usar armas para igualarse a un policía? ¿Por qué los políticos que abanderan la igualdad tienen prebendas como ponerse ellos mismos los sueldos, salarios vitalicios, inmunidad judicial y económica, rebajas, pagos en especie, horarios laborales hechos a su conveniencia, dietas, leyes especiales?
Existen desigualdades legales entre las personas y los grupos debido a razones de organización social, capacitación, control y orden. Por lo tanto, guiarse por el IGUALITARISMO y aplicarlo a todo, es, a todas luces, insostenible en un discurso razonable y racional.
La idea fuerza que va detrás de esta ideología es: «cada cual tiene que poder vivir la vida que desee, vivir su sexualidad libremente y sin esconderse».
Hay modos de vivir la sexualidad claramente nocivos: la pedofilia, la explotación sexual, la pornografía, las violaciones. Son modos de vivir la sexualidad y sin embargo están penados por ley porque atentan contra la libertad y la dignidad de los demás. De modo que seguimos viendo unos «criterios» en torno al modo de vivir la sexualidad, según sean aceptados socialmente o no.
¿Debe meterse el Estado en cómo vivimos nuestras vidas, en nuestro estilo de vida? ¿Por qué entonces nos obligan a ponernos el cinturón de seguridad en carretera? ¿O nos presionan para ponernos una vacuna o someternos a un tratamiento médico? ¿Por qué se inmiscuyen en nuestra forma de pensar, en lo que se puede hablar o no en redes sociales, en la interpretación de la Historia, en la memoria «democrática», en qué es bulo o no lo es? ¿Debe el Estado controlar completamente la vida de los individuos y convertirlos en peones o esclavos a cambio de darles un «salario mínimo» y unos servicios estatales?
Lo que es bueno para un individuo (según su propio criterio) puede no serlo para la sociedad.
Cada uno tiene su modo de vivir y tiene derecho a vivir su vida como desee, en eso estamos todos de acuerdo. Pero eso no es trasladable a una organización social. Uno tiene derecho a equivocarse, a arruinar su vida con adicciones o a ser un adalid del orden y la laboriosidad, a ser un tipo insoportable o maravilloso, a vivir en contra de todas las convenciones sociales o ser un fiel seguidor de todas ellas. Pero el bien social o común no es el mismo que el personal.
¿Por qué al matrimonio se le dio una importancia social y unas ventajas? Porque la familia tradicional (un hombre y una mujer) es la célula social por antonomasia, la encargada de procrear nuevos individuos, darles el amor y la atención que necesitan, formarles, educarles, mantenerles hasta una mayoría de edad, y acompañarles el resto de su vida, en una estructura fuerte de lazos de sangre (unos lazos que normalmente permanecen indestructibles a lo largo de la vida). Los padres son quienes, por razones puramente biológicas y de diseño del ser humano, aman a sus hijos y hasta darían la vida por ellos, llegado el caso. Sólo un Estado invasivo y autoritario (y mentiroso) pretende convencernos de que trata mejor a los individuos que su propia familia, por más que haya ejemplos de malos padres (una exigua minoría), y que por tanto se arroga el derecho de decidir sobre sus vidas, adoctrinarlos y moldearlos para ser ciudadanos obedientes.
La familia es, en cierta manera, enemiga del estado moderno progresista, porque protege al individuo y al grupo familiar de la intromisión ideológica de los poderosos. Por eso es objeto de un ataque feroz.
¿Cuál es la mejor manera de destruir la familia y dar vía libre al control por parte del poder político? Difuminando su identidad, haciendo que no signifique nada, quitándole sus ventajas o dándoselas a cualquiera. En definitiva, desmontándola, desfigurándola, destruyendo sus valores.
El lobby LGTBI mezcla hábilmente dos conceptos que no se pueden confundir: la libertad individual para vivir la vida como uno quiera y la conveniencia y la operatividad de promover estilos de vida intrínsecamente desordenados., y de darles el sello de «normales».
¿Quién decide qué estilos de vida son «desordenados» o «poco convenientes»? Sin duda, la experiencia y las estadísticas. No es difícil medir la felicidad de una sociedad y su prosperidad. Aquí más de uno señalará a la religión cristiana, diana habitual de los discursos progresistas. «¡Qué sabrá la Iglesia con sus dos mil años de existencia! ¡Nuestra teoría de no más de 30 años de existencia es mucho mejor, mucho más avanzada, hemos superado prejuicios y religiones ancladas en el pasado! Y la prueba está en... Una sociedad en desaparición por no llegar siquiera a la tasa de natalidad de reemplazo, y una época con récord absoluto en suicidios porque la gente no soporta vivir.
Esas son las credenciales de la sociedad moderna del siglo XXI en Occidente.
Por si esto fuera poco, el lobby LGTBI insiste en que defienden su «derecho a vivir libremente como quieran», pero avanzan de forma inexorable consiguiendo leyes que obligan a los demás a aceptar sus estilos de vida y a equipararlos como buenos en sociedad, que censuran el debate sobre estos asuntos y garantizan la promoción del homosexualismo.
El ejemplo más claro es una ley aprobada hace algunas semanas, por la que se castiga con penas de cárcel al psicólogo o profesional que acceda a acompañar o ayudar a una persona que por decisión personal libre no esté de acuerdo con su actual orientación sexual, y quiera salir de ella, integrándose en la heterosexualidad.
Los promotores de esta ley presuponen que la persona que decide salir de la homosexualidad no es libre para hacerlo y que está coaccionada, lo cual no sólo es mucho presuponer, sino que en la práctica anulan la libertad de esta persona para decidir su propia vida y cómo quiere vivirla. En definitiva, hacen justo lo contrario de lo que promueven públicamente: censuran e imponen sus ideas, siendo como son, al menos, discutibles.
Lo que el lobby LGTB hace, en resumen, es intentar imponer un determinado concepto de sociedad y unos contravalores sin respaldo experiencial y sin debate.
Dado el contexto actual de polarización, esto se considera legítimo, pues al final se trata de una pugna de bandos donde todo vale para alcanzar el poder e imponer una doctrina. La sociedad tradicional no vino impuesta por ningún régimen de forma gratuita, sino que se construyó en un proceso de siglos, y está avalada por la experiencia.
El matrimonio que aparecía en el diccionario hasta hace pocos años, es decir, el formado por un hombre y una mujer biológicos, es el único que de forma autónoma es capaz de procrear hijos y les da una educación adecuada desde la afectividad y la manera de ser tanto masculina como femenina.
Las excepciones a esta regla, por supuesto, son eso, excepciones. Hay familias, padres y madres disfuncionales, tóxicos y maltratadores. Eso no quita a la familia su carácter de modelo único y profundamente natural (en armonía con la naturaleza).
El «matrimonio igualitario» carece de capacidad de traer hijos al mundo pues lo obtiene por vientres de alquiler, adopciones o relaciones externas a la propia pareja. Tampoco puede ofrecer una educación con las dos visiones sexuales. Es por lo tanto, DISTINTO del matrimonio tradicional, y su equiparación es una imposición ideológica disfuncional y falsaria.
La ley que equipara ambos modelos tiene por objeto modificar el modelo social de acuerdo con una determinada ideología para la que no hay consenso ni tampoco un respaldo científico ni lógico. Es un cambio forzado hacia una antropología antinatural.
Está claro que el lobby LGTBI ha decidido por el artículo 33 que ellos son quienes deciden lo que son derechos y quién los ostenta. Afortunadamente antes no era así.
Los derechos fundamentales fueron «inventados» (como concepto) tras la Segunda Guerra Mundial, por las recién creadas Naciones Unidas, para intentar evitar las masacres y genocidios descubiertos en aquella primera mitad del siglo XX. Fue un amplio acuerdo internacional y en ellos se respetaron los valores de inspiración cristiana que sostenían a Occidente. De hecho fue el cristianismo el que promovió la inviolabilidad de la dignidad humana, de la vida humana. Hoy muchos se rasgan las vestiduras cuando aparece la palabra «cristianismo».
Pero el debate no está tanto en «vivir mi vida como yo quiero» sino en decidir un modelo de sociedad concreto. O, quizá de forma más precisa, en destruir el modelo tradicional y quitarle su validez social.
Las parejas homosexuales podrían tener exactamente los mismos beneficios fiscales y jurídicos, incluyendo la adopción, la posibilidad de reconocimiento social, llamándose «pareja de hecho» o de cualquier otra forma. Nada en su vida iba a cambiar esencialmente por llamarlo «casarse» o «matrimonio». Sin embargo la exigencia política de llamarlo matrimonio es la evidencia de que no se trataba de derechos, sino de conceptos y modelos sociales. Se trataba de atacar por medio del lenguaje, un modelo social y tradicional de siglos. La izquierda sabe mejor que nadie el poder de dominar el lenguaje. Son auténticos expertos.
Equiparando un concepto a otro, no sólo concedemos un derecho a alguien que dice sufrir discriminación si no se equipara, sino que también modificamos el concepto en sí. ¿De quién son los conceptos? ¿Tenemos derecho a cambiar los conceptos del lenguaje por medio de la acción política? La izquierda sbe muy bien que el lenguaje estructura el pensamiento, y que cambiando el lenguaje cambia el pensamiento de la gente. Y ahí está, en el poder.
Luego vino el ataque al mismo concepto de mujer y hombre, y políticamente se consiguió vaciar de contenido ambas palabras, haciendo que cualquiera pudiese obtener la licencia de llamarse mujer u hombre jurídica y publicamente, por la simple expresión de su voluntad. Ya tenemos una realidad supeditada a la voluntad personal, algo que esta ideología atesoró durante décadas. Qué mejor escenario que sacar a las personas de la realidad y meterlas en un contexto imaginario que yo puedo moldear a voluntad por medio del lenguaje y, más importante aún, las emociones y los sentimientos. Realidad versus racionalidad es el sueño del político con aspiraciones a controlar una sociedad y su cultura.
Por lo tanto el derecho a la «igualdad» que defiende el colectivo y las ideologías políticas que lo utilizan es más bien un intento de cambio cultural, moral y social. Ellos asignan ese cambio cultural al derecho a no ser discriminados, pero ¿es discriminación, por ejemplo, considerar que un cura pueda dar misa y no lo pueda hacer un agnóstico o un juez impartir justicia pero no un electricista? La igualdad aplicada sin criterio es injusta por naturaleza, pues en el mundo hay infinidad de diferencias que necesitan también un trato diferenciado. ¿Tienen derecho los colectivos LGTBI y sus políticos amigos a cambiar el tipo de sociedad y hasta los conceptos lingüísticos que lo describen? ¿Tienen derecho a blindar esos cambios con la censura y la cancelación? Muchos pensamos que no. Eso afectaría a la libertad de pensamiento y religiosa, por ejemplo.
El derecho a no ser discriminados se instauró para garantizar un trato digno a las minorías religiosas, raciales, culturales, y también a las diferentes orientaciones sexuales, así como al propio sexo (evitar diferencias legales entre hombres y mujeres). Pero eso no significa automáticamente que cada uno de esos grupos tengan legitimidad o poder para cambiar la sociedad según sus criterios particulares, ajenos a la lógica, el debate, la experiencia, los valores mantenidos durante siglos, etc.
El estilo de vida homosexual (homosexualismo) es plenamente legítimo para la persona que así lo elija, y no debe sufrir daño o maltrato por ello. Otra cosa diferente es que ese estilo de vida sea objetivamente un bien para la sociedad o no, y que el resto de los miembros de esa sociedad puedan pensar lo que quieran y expresar (con respeto, obviamente) su opinión sobre ese estilo de vida, y sobre cómo se educa a sus hijos.
Y lo que está ocurriendo actualmente es, como ya hemos dicho repetidamente, es la imposición autoritaria de un modelo de sociedad que promueve esos estilos de vida «alternativos».
Muchos dirán que es irrelevante porque es una elección personal. Pero eso es claramente falso. Primero, la atracción a personas del mismo sexo no es una elección personal, es algo que sucede y causa mucho sufrimiento a quienes lo tienen. Está estudiado el origen de estas tendencias en la vivencia de la infancia y la adolescencia con respecto a los padres y por acontecimientos afectivo sexuales. Segundo, una cosa son las sensaciones, la tendencia, los sentimientos, y otra cómo uno decide vivir, qué hace y cómo lo afronta.
¿Puede presentarse como «bueno» algo que hace sufrir a quien lo tiene? ¿Alguien puede decir honestamente que prefiere tener atracción por personas de su mismo sexo, que lo eligió y que está muy satisfecho? Hay gente que lo dice pero es difícil valorar la sinceridad de estas declaraciones.
La vida homosexual es una vida estéril biológicamente hablando. Y el tener hijos propios con la pareja elegida es un aspecto importante en la vida de una persona. Es un aspecto clave y fundamental en la vida social y en la supervivencia de toda sociedad. La natalidad siempre ha sido un valor primordial de las sociedades tradicionales y quienes vivimos en el mundo somos producto de esa natalidad. Lo contrario es el suicidio social y la decadencia por envejecimiento.
Así pues, el estilo de vida homosexual afecta a la pervivencia de las sociedades y no está demostrado que sea positivo para la vivencia personal de la sexualidad. De hecho, la OMS tiene publicados estudios que unen homosexualidad y unas condiciones de salud mucho peores que la heterosexualidad.
Por lo tanto, lo lógico es asegurar una vida lo más digna y agradable posible para las personas que tienen esta circunstancia, pero no promover ni dar por bueno algo que produce sufrimiento no deseado. En cualquier caso, toda persona tiene derecho a pensar lo que quiera sobre estas cuestiones, y decidir qué tipo de sociedad prefiere, para él/ella o para sus hijos, y si la normalización de estas prácticas son positivas para la sociedad.
Y del mismo modo, nadie tiene derecho a cancelar, atacar o censurar a quien piensa diferente sobre estos temas, parapetándose en los manidos conceptos de «homofobia» o «discurso de odio».
Resumiendo: distingamos por tanto entre el trato respetuoso a cualquier persona sea cual sea su orientación sexual, y la promoción de una sociedad con unos valores u otros, que incluye la «normalización» de determinadas conductas sexuales. ¿Qué pasaría (como de hecho está pasando) con el intento de normalización de la pedofilia? ¿No podrían los pedófilos (como de hecho ya hacen) reclamar no ser discriminados por llevar a cabo sus deseos sexuales?
El hacer depender los valores sociales de las modas, los discursos de ciertos medios o de las mayorías políticas puede desembocar en auténticas aberraciones, y lo estamos viendo diariamente.
El lobby LGTB lanza continuamente la proclama de que es necesario «no dar marcha atrás en los derechos conquistados, que son derechos fundamentales» y habla de «amar libremente a quien cada uno quiera». Desde el punto de vista emocional es, sin duda, conmovedor, pero la lógica no lo respalda.
En la vigente Constitución Española de 1978 ya se declara ilegal la discriminación por orientación sexual, junto con otras muchas. Los añadidos legales, por tanto, no van a añadir nada fundamental. Son, más bien, instrumentos políticos para crear un discurso ideológico.
Los «derechos» como el llamar «matrimonio» a una unión entre dos personas del mismo sexo, no son tales, como ya hemos argumentado, sino medidas de índole ideológico que sólo pretenden dinamitar una serie de conceptos culturales vigentes durante siglos. No decimos que no sea legítimo políticamente, pero no se les puede llamar «derechos fundamentales» a no ser que se quiera manipular al electorado y hacer el ridículo jurídicamente hablando.
Otras medidas políticas, sobre todo las que tienen que ver con lo «trans», no tienen ningún respaldo científico, se mire por donde se mire, y van diametralmente en sentido contrario a la ciencia médica y biológica. Son, si se quiere, constructos ideológicos, que ya hemos explicado suficientemente.
Tales medidas y sus supuestos estudios de las ciencias sociales (altamente politizados) son una manipulación emocional que hackea la bondad natural de las personas. Nadie quiere el sufrimiento inútil de ninguna persona, pero pretender evitar cualquier sufrimiento (suponiendo que sea auténtico) al precio de dinamitar los valores más básicos de la civilización, la lógica, las ciencias biológicas y el sentido común, es sencillamente una inconsciencia peligrosa y perniciosa. Como hemos dicho, los efectos de esta huida hacia el absurdo se están ya comprobando en la realidad social: problemas graves de salud mental, natalidad nula, suicidios en máximos históricos, polarización, violencia creciente, corrupción política.